Me viene a la mente la frase: dime con quién andas y te diré quién eres. Nuestras experiencias son parte de lo necesario para modelar nuestra forma de pensar. Influyen en nuestro crecimiento físico, mental y espiritual.
Queramos o no, el solo hecho de existir nos somete a la experiencia, que se basa en espacio y tiempo. Nosotros podemos influir activamente en cómo modelamos nuestro físico, nuestra mente y nuestro espíritu —hasta cierto punto—.
Los amigos, familiares y personas con quienes nos relacionamos influyen en el moldear de nuestra experiencia. Hay quien dice: «yo he salido con amigos que beben y fuman, y yo nunca lo he hecho». Tal vez. Pero quien lo dice puede coincidir con esas amistades en algo más sutil: la pobreza de razonamiento. Porque no coinciden en un par de cosas, ya deducen que no tienen nada más en común —y que no habrán sido influenciados por esas amistades—. Eso, posiblemente, es ser corto de entendimiento.
¿Quiere decir esto que no debemos relacionarnos con gente que falla o comete errores? Por supuesto que no. ¿A que puede parecer contradictorio a algunos? Esa es también una habilidad a desarrollar: ver las cosas no solo en blanco o negro —introvertido o extrovertido, conservador o progresista, brillante o tonto—. Un maestro te enseña algo que en su momento desconocía: es decir, se preparó para poder enseñarlo. Del mismo modo, puedes relacionarte con ciertas personas para aprender o para servir —pero hay un tiempo y un espacio para ello—.
Dime con quién andas y te diré quién eres —sí—. Pero también: dime con quién andas y te diré lo que aprendiste, lo que enseñaste, y hasta dónde fuiste capaz de crecer.



















