La fama es un amplificador. No cambia lo que eres: solo lo hace más grande. La fama puede tener sus beneficios y sus desventajas. En ambos casos se debe tener en cuenta la responsabilidad: en los beneficios, para no llegar a herir a otros; en las desventajas, para no herirte principalmente a ti mismo.
La fama trae la responsabilidad de ser un ejemplo. Cada persona ya lo es para otras, quiéranlo o no. Con la fama esto se incrementa y puede desbordarte —más aún si eres una persona inmadura, si careces de principios y valores que te sirvan de guía, o si no tienes un propósito claro—.
La fama conlleva también la responsabilidad de ser una voz que defienda las causas justas, porque tu luz influye mucho más en los demás.
Puedes tratar de alejarte de la fama, y está bien. Así como está bien abrazarla y sobrellevarla mientras creces. Que esté bien equivocarse no debe convertirse en justificación para no esforzarse en evitarlo.
La fama es una herramienta, un amplificador. Qué vas a amplificar es cosa tuya. Si será algo bueno o malo es tu decisión —como en cada acción de la vida—. No es algo con lo que creerse superior a los demás, ni con lo que empequeñecerse por verlo como algo grandioso. Es algo pasajero, como la vida misma en este gran universo.

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