Un libro tiene un borrador —o varios—. Un artículo académico también tiene al menos uno. Diferentes proyectos generan borradores: un intento de lo que será finalmente.
Y en la vida, muchos intentos o decisiones podrían verse también como borradores. Tal vez la primera relación amorosa sea un borrador, y la siguiente otro —se esperaría que una versión mejor, aunque no tiene por qué serlo—. Incluso la misma relación puede tener un borrador cada día. La vida puede verse como un borrador diario.
Algunos borradores terminan siendo la versión definitiva y no solo un prototipo. Ciertamente, un borrador es solo una primera versión. Como estos ejercicios de escritura: pueden ser un borrador que pasa por una ligera corrección y termina publicado en un blog. Y según la corrección y el objetivo, cambia mucho: puede ser el origen de algo más extenso, o puede recibir solo ligeras correcciones para mantenerse lo más cercano posible a lo que surgió la primera vez —conservando incluso el desorden y, ¿por qué no?, las erratas y los horrores ortográficos—.
A veces solo se muestra la versión final y no se ven los borradores. Los borradores son el detrás de cámara, y pueden tener su propio encanto.






