Cuando el sistema permite abusos, incongruencias e injusticias, la solución no puede ser esperar cuatro años para elegir otros representantes. Cuando el sistema ya tiene las leyes, los políticos y las relaciones necesarias para beneficiar a quienes tienen poder económico sobre la mayoría, se tiende a la crisis —porque las élites se pelean entre sí por sobrepoblación de élites, porque ya no hay forma de seguir escalando, o porque las bases se sienten sobreexplotadas y están dispuestas a establecer un contrato implícito de lucha y protesta para conseguir un cambio—.
Ese contrato necesita un objetivo claro y el compromiso de luchar hasta conseguirlo, así como el apoyo de la mayoría de la población. He pensado en este contrato como una herramienta para luchar por cambios positivos en el sistema —pero también he recordado que los sionistas tienen un contrato implícito en el que uno de los medios para conseguir sus objetivos es el genocidio—. Así que el contrato también puede usarse para fines destructivos. Como en tantas cosas, el problema no es el sistema ni la herramienta: es el propósito que se persigue y los principios y valores que guían a las personas.
Y es ahí donde llego a que lo que se necesita es un contrato basado en un marco como el que he estado pensando: propósito, objetivo, principio moral, áreas de desarrollo y cimientos. No necesitamos un nuevo sistema como punto inicial. Necesitamos un contrato antiguo: amar, servir, buscar la verdad. Con eso como base, el resto —las leyes, las instituciones, los gobiernos— puede construirse bien.






