El viento es parte de un sistema que involucra nubes, polvo, océanos, temperatura. Creo que el sistema de un Estado debería ajustarse de forma similar —como variables ligadas unas con otras—. Esto permitiría analizar y ajustar esas variables. Pero claro, los autodenominados defensores de la libertad y el individualismo —que en realidad defienden la ley de la selva, en el sentido de que el poderoso hace lo que le da la gana y el resto debe someterse— no quieren un sistema que les marque reglas fuera de su control, y por eso buscan eliminar el Estado. Similar a cómo algunos sionistas quieren eliminar la Corte Penal Internacional porque aún no la controlan —si la controlaran, no la atacarían—.
El sistema debería vincular, para empezar, cosas como el coste de la cesta básica con el salario mínimo. Deben evitarse los valores fijos; las multas, por ejemplo, no deberían ser cantidades fijas sino depender al menos del salario mínimo o de la cesta básica.
La idea, entonces, es progresar optimizando, buscando crear un equilibrio. Por supuesto, quien quiere poder no quiere tal cosa si no la controla —y dirá que se atenta contra la libertad: su libertad, la que aplasta la de los demás—. Y es que un buen sistema tiene límites. Pueden ajustarse según otras variables, pero deben estar presentes para que el sistema no colapse. Y como en todo sistema, el problema es la avaricia, el no ajustarse a la Regla de Oro —porque vivimos en una sociedad, vivimos con otras personas, vivimos en un ecosistema formado por otros seres, elementos y sistemas: uno en el que el viento también es parte—.






