Un peinado puede cambiar mucho el aspecto de una persona: el color, la forma, la textura. Un peinado puede ser una distinción cultural —como ocurre con las mujeres africanas o de origen africano en distintos países, que acostumbran a crear peinados elaborados y llenos de significado—. Incluso personas ajenas a esa cultura pueden sentirse atraídas y probar dichos peinados. A la gente le gustan otras culturas, y la comida, la vestimenta, los rituales o los peinados son formas de intercambio cultural, de apreciar lo que otros han construido.
Un peinado puede ser una marca de pertenencia a un grupo. Puede ser una protesta, un acto de rebeldía. Puede ser un acto de amor —una forma de decir sé que te gusta esto y lo hago por ti—. Puede ser para gustar a otros o simplemente para gustarse a uno mismo.
Los peinados se adaptan, los peinados cambian. Y en ese sentido pueden ser un reflejo del estado interno de la persona. Como los peinados, debemos aprender a no apegarnos —a entender que son pasajeros—, y podemos incluso disfrutar de que nuestro «peinado» sea la calvicie. Los hombres pueden jugar a crear distintos «peinados» con la barba. El peinado es una metáfora de la vida: no se trata de los recursos que tienes, sino de lo que haces con ellos. Y a veces, lo más elegante es abrazar lo que ya tienes.






