La forma que se le da a una idea es una cosa; el cómo se la transmite, otra; el cómo se la interpreta, otra; el cómo se la implementa, otra; y el cómo se percibe el resultado, otra más.
Uno mismo puede darle una forma diferente a lo mismo en tiempos distintos.
Cuántos, desde su perspectiva, creen que están haciendo algo bueno —pero desde otras perspectivas se ve como malo—. Puede ser algo bueno para el individuo pero malo para el grupo. Puede ser bueno a corto plazo y malo a largo plazo. Incluso una madre puede, desde el amor que tiene a sus hijos, sobreprotegerlos —o transmitirles valores corruptos creyendo que hace lo mejor para ellos—.
Y cuántos hacen el mal creyendo que así consiguen lo mejor para sí mismos —cuando se privan justamente de lo que sería mejor para ellos—. Por ejemplo: en su maldad terminan creando relaciones de subordinación y adulación, pero no de empatía, cariño sano, lealtad desinteresada ni admiración bondadosa. Esa maldad consigue espejismos, distracciones, relaciones pasajeras basadas en valores corruptos —por lo que solo puede obtener más de lo mismo—. Como el personaje de Homelander, que quiere tener relaciones pero a su manera, y lo que consigue es traición, aduladores por miedo, desprecio: todo lo contrario a lo que busca. Todo por la forma en que lo enfoca, y esa misma forma de verlo le ciega.






