Moverse no es lo mismo que avanzar. Y quedarse quieto no es lo mismo que estar a salvo. Qué lento parece que avanzamos a veces. Incluso hay momentos en que parece que damos dos pasos adelante y uno atrás —en el mejor de los casos—. Y en tiempos de gran turbulencia, parece que retrocedemos mucho más de lo que se había avanzado.
Se suele decir que cada uno tiene su tiempo —una forma de decir que cada uno avanza a su ritmo—. Puede que haya verdad en eso, pero también puede llevar a la inactividad y a la indiferencia: no tomamos acción. Y sí, tal vez tomamos acción solo cuando la gota derrama el vaso, cuando la necesidad o el agobio se vuelven tan insoportables que al fin te mueves —pero desde la desesperación y una posición débil, no desde una más fuerte—.
Hay que ir despacio para no estrellarse. Y aún así podemos estrellarnos. La idea no es no estrellarse: es disminuir la probabilidad, y si ocurre, que sea leve. Incluso sin moverte, algo puede estrellarse contra ti. No estamos solos, ni estamos del todo quietos.
El punto es tomar responsabilidad y movernos con propósito, no por inercia. Puede que a veces lo hagamos por inercia —porque estamos aprendiendo, porque estamos pasando de ser guiados a tomar el control, o porque nos tomamos una especie de pausa—. Pero eso sería mejor si fuese por decisión propia: en ese caso, la inercia misma se convierte en propósito. Somos experiencia, y eso en sí es movimiento en el tiempo.






