Los humanos han usado el baile, creo, desde tiempos prehistóricos. Bailarines junto al fuego como forma de festejo, de agradecimiento, de súplica. El baile usado como lenguaje de comunicación con otros seres —incluido Dios—.
En la actualidad el baile se sigue usando como forma de festejo, distracción, diversión y refuerzo de lazos familiares y sociales. El baile ha servido también como punto inicial de contacto con posibles parejas. Similar a los rituales de apareamiento de los animales, los humanos usan el baile como expresión —y últimamente incluso como ejercicio, como terapia de relajación y de presencia—, porque bailar requiere estar presente: es movimiento, te activa. Los vivos bailan; los muertos, no.
El baile es una forma de expresar alegría, o incluso de conseguirla, porque puede llevarte a un estado de alegría —más aún cuando lo haces con alguien con quien disfrutas bailar—. Puede ser un ser querido con quien la pasas muy bien, o una persona desconocida; en este último caso posiblemente por tu predisposición al cortejo: las hormonas activan esa predisposición, te ponen en modo receptivo, te elevan el ánimo.
Lo que hacían nuestros antepasados junto al fuego no era tan distinto de lo que hacemos en una discoteca o una boda: activarse, alegrarse, sentirse vivos. En fin, hay que bailar —como parte de disfrutar de la experiencia de vivir—.

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