Me gustan las colinas verdes. Salir a caminar por el campo y verlas es hermoso. Llenan de energía positiva; la experiencia es relajante, elevada en una especie de deleite ante la belleza. Agrada como ver algo bonito, bueno, dulce —en el sentido de amable, delicado—. Es como ver a un ser amado. Es paz, serenidad, tranquilidad. Te arranca suspiros. Te eleva mental y espiritualmente.
A veces ese verde me resulta hermoso también en la vestimenta, sobre todo en mujeres cuando el color les sienta de una forma que realza aún más su belleza. No es, sin embargo, un color con el que yo me sienta cómodo vistiéndolo. De niño no me gustó mucho y desde entonces lo he evitado —al igual que el amarillo, el rojo y el naranja—.
Unos ojos verdes son de mis favoritos. Llaman mucho mi atención. Me producen ganas de detenerme a observarlos como observaría unas colinas verdes: perderme en los detalles, perderme en esa sensación de paz, belleza y admiración.
Verdes tus ojos me gustaría que fuesen. Pero sé que igualmente, sea cual sea el color que resplandezca en ellos, admiraré esos ojos que me enloquecen.

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