Confío en que Dios me guíe y me prepare para que, cuando sea necesario ser valiente, lo sea.
Admiro a las personas que luchan por lo que creen, por la verdad. No cuando luchan por intereses mezquinos, cuando mienten, engañan o buscan embaucar y ganar poder para servirse a sí mismas —eso no lo admiro—. Admiro al que lucha por la verdad, por lo justo, por mostrar la injusticia y que se haga justicia. Al que incluso pierde premios, se gana la ira y el odio de quienes apoyan el odio y la mentira, llega a perder su trabajo, y ve cómo sancionan a su familia. ¡Qué terrible injusticia!
Valientes los que arriesgan su comodidad por luchar por sus principios y valores. Valientes los que se sacrifican por sus hijos, sus padres o sus hermanos. Valientes los que sirven a su prójimo. Valientes los que aman. Valientes los que buscan la verdad y la protegen.
¿En qué momento la valentía pasa a ser una locura que termina con tu lucha de forma prematura? ¿Acaso no es un inconsciente el que se expone a martirizarse sin necesidad? Valiente también es el que no se deja llevar por impulsos, el que no se deja dominar y piensa estratégicamente —el que busca cómo maximizar el impacto de su lucha—. Esta valentía tal vez sea la más difícil: la que no todos ven. La que parece cobardía por fuera y es coraje por dentro.
Así que creo que tenemos diferentes clases de valentía: la una es impulsiva y pasional; la otra, más reflexiva y prudente. Puede que sea la valentía del extrovertido y la valentía del introvertido.

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