Somos seres experienciales en este universo de espacio-tiempo. Como en el cine: la consciencia quiere vivir distintas historias, distintas vidas. Y para ello se convierte en cada uno de nosotros.
Los animales y las plantas, aunque no tengan idioma ni escritura para contar historias o transmitir aprendizajes, lo integran en su ADN —por decirlo de alguna forma— y así lo transmiten a las generaciones siguientes. Recuerdo una noticia sobre experimentos con mariposas que recordaban su vida como orugas, y sobre ratas o monos que continúan un comportamiento aunque no fueran los primeros en experimentar su origen —solo por aprendizaje de los anteriores, sean o no ancestros directos—. Incluso por el simple hecho de compartir espacio y tiempo se transmite experiencia.
La experiencia es algo que debe estudiarse desde el punto de vista de las tres áreas de desarrollo: físico, mental y espiritual —pues creo que afecta a las tres—. En lo físico, como he mencionado, está en el ADN y está relacionada con el espacio y el tiempo. La mente opera en ese mismo ambiente. Y el espíritu, de alguna forma, también está relacionado con la experiencia que se adquiere en el espacio-tiempo.
Suelo pensar que después de la muerte despertaré y sonreiré, porque pensaré: tenía una idea de esto. Y esa idea es que queremos experimentar —como cuando vemos películas y vivimos distintas aventuras, incluso vemos las reacciones de otros ante esas películas—. El que todos seamos en realidad una sola consciencia es como si Dios, queriendo vivir distintas experiencias, se convirtiera en cada uno de nosotros. Y eso es lo que somos.

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