Tenemos una batalla que parece perdida: la batalla contra quienes buscan poder y entienden que solo mediante él consiguen su propósito en la vida, que es tener más y más poder. ¿Cómo ganas una batalla contra quien tiene poder y tú no lo quieres?
Hay distintas formas de entender el poder. Podríamos usar las tres áreas de desarrollo: físico, mental y espiritual.
El poder físico —ya sea la fuerza pública o los mercenarios— responde en última instancia al poder financiero, que tiene por lo general más influencia que el poder social o político, los cuales también responden al financiero. El poder mental —sea este el conocimiento o la información— está igualmente subordinado al poder financiero: las corporaciones financian, compran y controlan mediante patentes, o absorben a las pequeñas empresas. Usan el poder político y manipulan el social. El poder espiritual, entendido como la religión de rituales, está también contaminado y manipulado por los poderosos. Las religiones, en nombre de Dios, han generado guerras, se han enriquecido y han puesto y quitado gobernantes.
En tiempos más recientes puede parecer que quienes desean controlarlo todo han perdido parte de ese poder en lo religioso. De hecho, se dice que las iglesias evangélicas, entre otras, sirven precisamente para mantener el control: profetizan el individualismo, el éxito material y el amor al dinero. Sus seguidores no reflexionan sobre cuánto tienen de espiritual —poco o nada—.
El despertar espiritual es lo que mantiene libres a los seres humanos, lo que es capaz de unirlos e influir en la lucha en los planos mental y físico. Entonces: ¿cómo ganas esa batalla? No queriendo el poder que ellos quieren, sino despertando al poder que ellos no pueden comprar.

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