No he pensado mucho en la idea de los autógrafos. Entiendo que una dedicatoria tiene algo más —unas palabras, algo que se dice—. Un autógrafo es solo una firma, un garabato que dice: firmado por mí, yo toqué esto. Tal vez en el pasado servía como forma de poder demostrar a otros que estuviste con esa persona, como si fuera un certificado. Con la facilidad de la fotografía, muchos piden ahora una foto juntos como recuerdo del encuentro, en lugar del autógrafo.
Algunos hacen negocio de los autógrafos. ¡Joder, a todo le quieren sacar ventaja económica! Maldito amor al dinero. Siguiendo con la idea del certificado —con la que me quedo—: es un certificado de autenticidad.
En fin, los autógrafos son de esas cosas que no les veo mucho sentido. Puede que mi perspectiva esté sesgada, pero ¿sesgada por qué? ¿Yo lo haría? Una vez me pidieron que añadiera mi firma a un libro que regalaba. Me pareció una tontería innecesaria, pero la añadí por cortesía. Tal vez lo volvería a hacer por cortesía —como forma de devolver el aprecio sin negar una petición que tampoco parece dañina—. Pero dejar de verlo como una tontería, eso no sé. Le veo mayor sentido a una dedicatoria: unas palabras, no solo una firma.

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