Hay una frase que dice: colgar las botas. O colgar algo relacionado con la profesión: como una forma de finalizar, de abandonar una etapa.
Si se cuelgan las botas, que sea porque se ha disfrutado de una hermosa experiencia y ahora estamos listos para una nueva. Contentos de lo vivido, realizados.
Si se cuelgan las botas porque ya no se puede más, porque las cosas no salieron como se esperaba, que sea con la alegría de haberlo intentado y de haber aprendido en el camino —de haber disfrutado la experiencia, de haber crecido y madurado— y porque estuvimos el tiempo suficiente luchando: ni demasiado, ni demasiado poco.
Si se cuelgan las botas con tristeza, que se sepa que la tristeza es pasajera. Y recordemos que en el futuro podremos verlo todo desde la perspectiva del crecimiento, de la sabiduría: con una sonrisa en el alma.
Si se cuelgan las botas, que sea con una sonrisa. Y que cada vez que lo recordemos, eso mismo nos haga sonreír.
Si se cuelgan las botas, que sea para ponerse unas nuevas. Y con la sonrisa de quien sabe que al final de esa nueva experiencia le espera otra sonrisa.
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