¿Debemos asumir por defecto que todo contribuyente es un delincuente o que trata de estafar al Estado?
En abril comienza la campaña de la declaración de la renta. Este deber fiscal es importante como mecanismo para reunir recursos y reinvertirlos en la sociedad, en lugar de depender de los métodos del siglo pasado: maratones benéficos, bingos, colectas basadas en la caridad puntual; esa caridad que da lo que sobra, no la que nace del compromiso social, y que además elige a quién ayudar. Pero ese es otro tema en el que podríamos profundizar en otro momento —por ahora, sigamos con lo fiscal—.
Volviendo a lo fiscal: creo que a nadie le gusta pagar impuestos si el dinero se malgasta, si hay corrupción y los recursos se pierden en lugar de destinarse a la salud, la seguridad, la justicia y la educación. Pero la solución no es desmantelar el sistema, sino mejorarlo: hacer los procesos más eficientes y construir mecanismos que reduzcan la corrupción. La computación, por ejemplo, no avanzó de otra manera: cada problema encontró una solución que lo mejoró. Si algo no funciona bien, se busca cómo hacerlo funcionar. Eso es lo que debemos hacer, en lugar de dejarlo morir bajo el argumento de la privatización, que tampoco es la solución.
Estados Unidos es el ejemplo que no se acepta como contraejemplo: solo se mira el PIB, no a la gente que muere por no poder pagar un médico, ni la decadencia social que llena las calles de personas sin hogar y drogodependientes. Ese modelo no debería ser el referente que es.
Y volviendo al inicio: no debemos tratar al contribuyente como delincuente, porque si lo tratamos como tal, termina comportándose como tal.

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